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Bublé reivindica a la vieja escuela

Si el swing fuera un parque temático, Michael Bublé sería -con el permiso  de Rod Stewartla atracción más visitada. Parece el ganador de una  edición de «Operación Triunfo» centrada en el «rat pack» (los años dorados  de Frank Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr.).

A pesar de haber vendido  millones de discos no llenó el Rockódromo, pero reunió público de casi  todas las edades. Sobre un escenario le sobran tablas: a la quinta canción  ya estaba bromeando sobre sus propias poses, se había mezclado varios  minutos con el público y hasta hizo la mirada «blue steel» de Ben Stiller  en la película «Zoolander».

A lo largo de la noche  demuestra ser un «showman» simpático que lo mismo imita a Michael Jackson  o a Maroon 5, que se atreve a cantar unos minutos de ópera. En cualquier  caso ya con «Sway» y «Fever» quedó claro que tiene más oficio que swing.

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Su chorro de voz, su porte y su saber estar siempre le impedirán naufragar  en escena, pero ahora mismo es improbable que enamore a los aficionados  más exigentes. Tanto el repertorio como la interpretación son de lo más  previsible (el listado de canciones podría ser el de cualquier orquesta de  un hotel Holiday Inn). Claro que igual es mejor este clasicismo que los  experimentos con gaseosa de Jamie Cullum.

Bublé actúa con una banda que  incluye piano, batería, contrabajo, guitarra y una amplia sección de  metales. Sonaron tan profesionales como clasicotes. Sin embargo, ni en los  registros íntimos ni en los más vacilones parece soltarse del todo.   Enfundado en un traje oscuro, con el nudo de la corbata cuidadosamente  desabrochado, parece un opositor a «crooner» que tenga la lección bien  aprendida y disfruta recitándola.

Eso sí, lo que hizo con «Smile» y «I’ve  got you under my skin» (pidiendo palmas y salpicándolas de bromitas) fue  un bajón en toda regla. Curiosamente entre lo mejor del concierto estuvo  «Home», una canción coescrita por él mismo y su pianista (que tocaron  mezclando algún fragmento del «Beautiful» de James Blunt). La letra de  «Home» dice «Siento como si estuviera viviendo la vida de otra persona».

Tampoco debe ser fácil la carrera de este aspirante a Frank Sinatra que ha  dado 110 conciertos en los últimos siete meses. En la mayoría de las  canciones da la sensación de estar actuando con el piloto automático, pero  tal y como está el patio está claro que Bublé sería el cantante vivo  favorito de Tony Soprano.

Michael Bublé, a derretirse toca

Empezó con Elvis y Ella Fitzgerald, pero en su primer disco se abría a Queen y George Michael. Bublé encarna la imagen del «crooner » moderno.

Y funciona.

La edad de oro de la canción popular norteamericana ha generado pingües beneficios a jóvenes emergentes y a viejas leyendas de la música pop. A un lado está Rod Stewart, que ha conseguido relanzar su carrera echando mano del repertorio de George Gershwin y Cole Porter.

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Ha hecho cuatro álbumes, y ninguno ha pinchado, a partir de las viejas canciones de los 30 y 40. En frente, el imparable Michael Bublé (su web aconseja pronunciar Boo-blay), de 29 años, nacido en Canadá, un tipo que tiene la virtud de caer bien a todo el mundo cuando se sube a un escenario con la corbata ligeramente desencajada (eso cuando no lleva vaqueros), un movimiento dislocado de piernas y una voz elegante y bien modulada.

Es la puesta a punto de la imagen del viejo «crooner » que reflota mirando a personajes como Sinatra, Dean Martin y Sammy Davis Jr., el trío calavera del Rat Pack, eso sí, con un perfil mucho más correcto y complaciente si se habla de Bublé, quien asume que para redondear su carrera debe pasar por Las Vegas para actuar. Y eso es precisamente lo que hará el próximo día de San Valentín.

La culpa fue del abuelo

Bublé fue un chico listo y bien educado en los grandes del jazz (Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Rosemary Clooney) por indicación de su abuelo, un fontanero que hacía chapucillas gratis a los músicos de la ciudad a cambio de que dejaran subir a su nieto sobre el escenario. Así que su carrera comenzó a la edad en que sale el acné.

Ganó en Vancouver un premio para jóvenes talentos; grabó varios álbumes en pequeñas compañías y así hasta que, tras muchos años tratando de meter un pie en la industria musical, se encontró de narices con la suerte. La suerte se llamaba Brian Mulroney, y era entonces el primer ministro de Canadá. Tras la boda de su hija, en la que había actuado nuestro Bublé, el mandatario le presentó al productor David Foster, un pez gordo de la música por el que han pasado chicas de éxito como Whitney Houston, Céline Dion o Madonna. <br> Pero la cosa no fue tan fácil.

Bublé ha contado cómo el mismo Foster echó por tierra sus expectativas: «Me dijo que yo era bueno, pero que resultaba muy difícil dar salida al tipo de música que yo hacía ». Al poco salió a escena la guapa de Norah Jones destapando el tarro de las esencias del jazz campestre y el gusto por las viejas melodías. A partir de entonces, Bublé encarriló su trayectoria hasta lanzar un disco producido por Paul Anka (de quien ha hecho una versión de «Put your head on my shoulder »), Humberto Gatica y el propio Foster. En su debut de título homónimo había pocas canciones propias; la mayoría eran versiones de «Fever » o «For once in my life », «Moondance », de Van Morrison, «Kissing a Fool », de George Michael; «How can you mend a broken heart », de Bee Gees, y «Crazy little thing called love », de Queen, adaptadas al «swing » y cantadas con un fraseo propio de «gentleman ».

En su segundo disco, «It- s time » (2005), revivía canciones de los Beatles, Gershwin, Ray Charles, Otis Redding, Stevie Wonder y Cole Porter, entre otros. Esta semana acaba de ponerse a la venta «Caught in the act », un directo con DVD que apunta directamente al mercado navideño.