Su regreso a los estudios de grabación y a la vida  pública en 1980 no sólo supusieron el final de una época;  con su muerte desaparecía un  compositor y cantante  clave en el desarrollo del pop que ha influido en las  generaciones posteriores.

Su cancionero con los Beatles y  en solitario a partir de 1970 es admirado como uno de los  monumentos más hermosos y audaces del pop. Rebelde,  colérico, divertido, incansable perseguidor de utopías,  millonario, Lennon entabló numerosas guerras ideológicas,  adelantó movimientos (el hippismo) y abanderó actitudes  (la renuncia al éxito), y al final cayó derrotado por las  balas de un fan retorcido y enfermo de esquizofrenia.

Pero  Lennon también empezó muchas vidas en lo personal.

Éstos  son algunos capítulos para recordarlas.  La dureza  de un rocker. El padre de John Lennon era un pescador que  abandonó el hogar al poco de haber nacido su hijo. Su  madre, otra de las obsesiones más recurrentes del músico,  murió atropellada cuando John tenía 17 años.

A ella le  compuso «Julia», «Mother» y «My Mummy’s dead». Tras esta  pérdida, John se fue a vivir con su tía Mimi, autoritaria  e implacable metomentodo que ejerció una reconocida  influencia en el joven. Muchos ven en ese desarraigo la  clave de la personalidad de Lennon. De joven, era una mala  bestia. Le gustaba humillar a los discapacitados y a los  enfermos.

Nik Cohn lo describe en su libro  «Awopbopaloobop» de esta manera: «Por el tiempo en que  empezó a ir a la escuela de arte era ya un duro de  profesión, un provocador digno de respeto. Recorría  Liverpool como un búfalo herido, destrozando todo lo que  se ponía en su camino. Escribía canciones con Paul  McCartney. Tenía profundas discusiones intelectuales con  Sutcliffe (su gran amigo en la primera formación de los  Beatles y que murió al poco tiempo). Era seco con casi  todo el mundo, turbulento y terriblemente divertido. Podía  destrozar a cualquiera con tan solo dos palabras».

Su  primera esposa, Cynthia, ha explicado que nunca llegó a  superar los traumas de su infancia y se atreve a aventurar  una hipótesis en el libro que acaba de publicar en el  Reino Unido: «Si John no hubiera sido Beatle, habría  acabado como un vagabundo».

 LSD, «el quinto  beatle».

Aficionado a las píldoras desde que tenía 15  años, Lennon intensificó la dieta de barbitúricos en su  etapa de Hamburgo, cuando tocaban hasta ocho horas todas  las noches. «En la escuela de arte me pasaba el día  deprimido y borracho. En “Help!” dejé la bebida y me pasé  a la hierba. Así de sencillo, siempre he necesitado la  droga para sobrevivir, al menos antes.

Los otros también,  pero yo más, probablemente porque estoy más loco». A  mediados de los sesenta, el LSD estaba en los bolsillos de  cualquier músico de éxito. El ácido lisérgico fue otro  beatle y así lo reconocieron los cuatro escarabajos  en1967, coincidiendo con la publicación del álbum «Sgt.  Peppers Lonely Hearts Club Band», con la célebre historia  de la alucinada «Lucy on the Sky with Diamonds»,  aparentemente influida por un dibujo del hijo de Lennon,  Julian.

Voz proletaria, martillo del poder.

En la  primera parte de los setenta se enciende la mecha política  de Lennon, una máquina infatigable que lucha por  deshacerse del mito y que reparte exabruptos en varias  direcciones, además de los dirigidos a su ex amigo del  alma McCartney, a quien consideraba, junto con el resto de  los Beatles, un juego de la adolescencia. Y se emplea a  fondo en cuestiones políticas, devuelve a la Corona  británica la orden del Imperio que le había concedido en  1965, también emprende un campaña contra la administración  de Estados Unidos por su actitud frente a la guerra de  Vietnam, un odio que manifestó contra Richard Nixon de  manera especial.

John_Lennon_by_garrett_btmComo respuesta, se vio envuelto en un  proceso policial y judicial para expulsarle de  Norteamérica debido a su pasado con las drogas. La  propaganda política republicana le elevó a enemigo público  número uno. Pese a los problemas de inmigración, John  logró seguir viviendo en Nueva York. El resentimiento que  manifestó hacia la derecha de Estados Unidos no le otorgó  las simpatías de la izquierda.

Había entrado en una  escalada de rechazo y hostilidad que desembocó en una  situación de renuncia a todo lo que viniese de fuera,  radicalizada a partir de 1975, cuando decidió retirarse de  la música para cuidar a su hijo Sean.  Una musa  venida de Japón. Sus amigos quedaron sorprendidos cuando  supieron que la mujer que absorbía los sesos a su camarada  era Yoko Ono, una japonesa siete años mayor que él, casada  en dos ocasiones, con inclinaciones intelectuales y  artísticas, y con un aspecto que distaba mucho del  prototipo de consorte de estrella del rock. En la última  entrevista concedida antes de su muerte, él recordaba sin  pudor cómo era su relación: «Realmente necesitaba estar  con ella y no podría sobrevivir, literalmente, sin su  presencia.

Me sentí otro cuando me di cuenta de que la  necesitaba tanto». Sí, existía una situación de  dependencia total que para muchos rayaba en el absurdo.  Ono destapó el lado más iconoclasta de Lennon, su espíritu  irónico y provocador. Famosa, y censurada en algunas  ciudades, fue la portada del disco «Two virgins», en la  que los dos aparecían abrazados desnudos.

Igualmente  resultó el «happening» conocido como «la cama de la paz»,  que les mantuvo durante una semana en la suite de un hotel  en Ámsterdam a base de sexo y ruedas de Prensa en las que  describían con todo tipo de detalles aquellas sesiones,  además de pregonar su ideal de comunicación cósmica y del  amor universal.  La guerra con McCartney. John se  consideraba un genio desde que tenía diez años.

Durante la  disolución del grupo y los años posteriores, hizo crecer  el juego de opuestos entre él y McCartney. Para muchos,  John era el músico con talento desbordante mientras que  Paul era sólo original y agradable, un tipo dotado con un  excelente sentido melódico. Hay quien ha calculado que de  las 185 canciones que grabaron con los Beatles, 63 fueron  compuestas exclusivamente por Lennon. Sin embargo, la  mayor parte de ese legado aparece firmado por los dos. En  los últimos años, McCartney se ha rebelado contra la  posteridad y ha intentado negociar con Yoko Ono cambiar el  orden de la firma en los créditos de las canciones  anteponiendo el suyo al de su colega.  Para Mark David  Chapman, John Lennon era un ricachón que predicaba la  justicia social y un mundo sin dinero, un tipo lleno de  contradicciones que se había convertido en una obsesión.  Semanas antes del fatídico 8-D, le había escuchado decir a  Lennon que las posiciones radicales que había enarbolado  en su juventud eran falsas.

Anatomía de un asesino

Chapman, un esquizofrénico bajo tratamiento, obsesionado  con Jesucristo y con Los Beatles, lector asiduo de  Salinger y de su obra «El guardián entre el centeno» (en  ella, el joven protagonista desea acabar con la hipocresía  de los adultos), creyó encontrar en esa frase un motivo  más para acabar con el músico. Así lo hizo al  descerrajarle siete tiros en la puerta del edifico Dakota  de Nueva Cork. Era un 8 de diciembre de 1980.

Chapman fue  condenado a cadena perpetua, pero con la puerta abierta  para revisar su condena después de veinte años. En 2006 se  enfrentará a la cuarta vista judicial en la que se  decidirá si recibe la libertad condicional.

Una leyenda haciendo el pan

En 1975, John Lennon se  encerró en su casa de lujo de Nueva York en el célebre  «Edificio Dakota» (santuario de los lennonianos  militantes), con el firme propósito de cuidar de su hijo  Sean, nacido ese mismo año fruto de su relación con Yoko  Ono. En ese tiempo, conoció la máxima felicidad, según su  propia confesión. Se dedicaba a excentricidades como hacer  pan mientras su esposa administraba las finanzas en la  planta de abajo. «Me feminicé de una manera que fue toda  una experiencia. En cierto sentido fue como ir a un  monasterio para meditar». Si años atrás había tratado de  deshacerse de su condición de Beatle, en un giro de nuevo  radical, Lennon quiso conocer algo parecido a una vida  normal: «No sentía la necesidad de volver a ser nada ni  siquiera tenía la tentación de coger la guitarra». Cuando  la leyenda dormida despertó el mundo aún estaba ahí,  esperándole. Entoncés grabó «Double Fantasy» y, después,  se acabó.